Trazos que entonan melodías

El dibujo es como un acorde, que en su transitar va convidando a las palabras, a los sentidos y a los demonios a ser parte del festín. Viviana Bonfiglioli conjuga dos lenguajes, con una sutileza que va de la literatura a la pintura.

Su trabajo vulnera las barreras del óleo, el grabado y las letras. Dos dimensiones de una misma personalidad. En su mundo conviven mujeres con barcos de alas enormes, que vuelan a la deriva sobre cielos esfumados, y plantas que engendran peces, frutos y zapatos.

“Voy de una cosa a la otra, del texto a la imagen. Cuando termina uno comienza el otro. Será que el dibujo es un signo y la palabra otro símbolo, y entre los dos estaré tratando de comunicar o decir cosas”, se pregunta la artista adelantándose a las respuestas que están fluctuando entre los silencios.

-¿Cuál es tu relación con el arte?

– Es la misma que debe tener cualquier persona con el aire y con el sol. Porque eso estaba ahí y yo estaba llegando. Fue mi manera de respirar y de ponerme al sol. Una relación que se dio de una forma natural y no mental.

Comencé a dibujar desde chica. Recuerdo que lo hacía en los márgenes de los libros y en los papeles donde se envolvían las compras, los alisaba y comenzaba a dibujar sobre esa superficie.

-¿Qué es lo primero que dibujaste?

-Lo primero que surgió en mí fue la figura humana, eso fue lo que más me llamó la atención. Pero voy cambiando, porque la repetición de las cosas me agota.

Hace poco terminé una serie de arcas. Eran arcas que estaban medio destruidas, algunas tenían alas y en casi todas habitaba un solo pasajero; creo que no estaba salvando el destino de ninguna especie. Pero las había puesto a volar. Y llegó un momento en el que me cansé. Y si me preguntás porqué recurrí a eso, no lo sé, nunca me lo pregunto, porque es llevarlo al ámbito mental e intelectual, y no me interesa. Mi forma de dibujar es desde las vísceras.

-¿Qué llegó primero el dibujo o las letras?

– Yo como coordinadora de talleres de dibujo y literario, percibo que en algún punto se reúnen esas dos capacidades; el que escribe, cuando le mirás el cuaderno, al borde tiene una serie de dibujos, que hizo mientras escuchaba al compañero. Tienen el mismo vicio que yo, necesitan generar líneas, es una forma de enhebrar con tinta lo que escuchan. Como caminar y correr, algunas veces nos sentimos más cómodos caminando despacio y otras corriendo. Son distintos ritmos.

– ¿Cómo definirías tu estilo?

Bueno, ahí estaría en problemas, porque no he tomado distancia de mi obra. Lo que veo es que es muy cambiante. La respuesta comercial y más astuta sería encontrar una fórmula que me identifique, por el tipo de color, línea y tema, e insistir hasta hacerme conocida. Pero a mí, me parece mortalmente aburrido generar siempre un mismo tipo de cosa. Yo ando por todas las zonas dentro del arte que me dan felicidad.

-¿Cómo ves el panorama del arte acá en San Luis?

Lo veo atomizado. Sé que hay mucha gente trabajando pero de puertas adentro. Hay exposiciones, pero deberían generarse más espacios donde el curador tenga un poco más de noción de lo que va a exponer o de la calidad de los trabajos. A mí me convocan a exposiciones grupales y es medio desparejo lo que se ve. Además no hay una cultura del respeto hacia la obra. A veces prestás tus cuadros para un evento cultural y vuelven dañados y en algunos casos rayados. Entonces comenzás a retrotraerte y dejás de mostrar. Falta un espacio donde se respete la obra del artista.

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