Retomar con justicia a Antonio Di Benedetto

 

Por estos días se estrenó en Argentina una película llamada Zama, dirigida por la salteña Lucrecia Martel, inspirada en la novela de Di Benedetto de 1956, o tal vez sea una adaptación. La verdad es que no la he visto así que no sé exactamente.

El escritor mendocino había nacido en 1922 y en su juventud estudió abogacía, pero se dedicó al periodismo, actividad que lo llevó a trabajar en el centenario Diario Los Andes. Aquí hablaremos de su magistral actividad literaria, porque (al fin) en estos últimos diez años ha comenzado a retomarse parte de su obra. Di Benedetto publicó una cantidad importante de relatos breves y largos, quizás la más promovida sea la TRILOGÍA que forman Zama, El Silenciero y Los Suicidas.

En esas tres novelas el autor logra exponer, con algunas pretensiones sintácticas que exigen una gran competencia lectora, sus disquisiciones filosóficas. Los libros tienen líneas argumentales totalmente distintas, aunque los tres personajes protagonistas (uno en cada una) tal vez sean desdoblamientos y realizaciones de una misma composición. La angustia se revela sobre la superficie de las oraciones y luego, queda claro que el mundo donde habitan los ha capturado, pero se vuelve insoportable la estadía, los días, las horas. Definitivamente los personajes de Di Benedetto no están cómodos con la realidad, y ella los confronta.

Sobre la novela que leí en último orden“LOS SUICIDAS”.

“Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde.

Tenía 33 años.

El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad.”

Así comienza este relato, con tres oraciones bien distinguidas entre sí. Es una presentación muy potente, ya que a lo largo de la novela (siempre respetando ese gran título) el suicidio.

Aparentemente nuestro narrador trabaja como periodista en una agencia de noticias, por lo cual entiendo que Di Benedetto ha permitido la aparición de pequeños rasgos de sí mismo, no olvidemos que ofició como comunicador.

Siempre nos hemos preguntado si somos dueños de la vida, si tenemos derecho a quitárnosla. O quizás simplemente tengamos las preguntas, puesto que no podemos probar si alguna divinidad está por encima nuestro, o más allá… ¿Como saberlo o cómo probarlo?

Los credos religiosos occidentales castigan al suicidiopor considerar que la vida no es propiedad del individuo, sino un regalo o un premio de la divinidad. En la prosa de Di Benedetto se perfilan las inquietudes religiosas, pero desde el más puro existencialismo, incluso con definiciones ateas. Porque el verdadero existencialismo es ateo.

“Ceno. Todo está limpio, el silencio es una maravilla y me siento muy a gusto. Vivir es bueno, de a ratos”

“¿Seré viejo yo? ¿Estaré algún día en la vereda en cola de los jubilados?

¿Hay que esperar la muerte como un jubilado, o hay que hacerlo, cómo hizo papá?”

A medida que avanza el relato encontramos un despliegue de estilístico que se mantiene y le da carácter. El autor interpeló los círculos literarios porque desde una región del interior se animó a escribir sobre un tema universal, y no se limitó a la típica narrativa que todos esperan de un autor provincias adentro.

“-Es que voy a morir.

Lo dice de una manera bastante sencilla y no me sorprende, porque recuerdo que otras mujeres, cuando empezábamos, me dijeron lo mismo.

Pregunto qué le pasa y seguramente sospecha que la imagino con una dolencia incurable -puede ser, a la gente joven también le da cáncer y a las mujeres en su aparato- porque me aclara:

-No, no es que esté enferma.

Lo ha dicho de una manera sensible que en ella no es habitual, como si se compadeciera de mí.”

El corazón es una metáfora que nos sirve para sintetizar y ubicar las emociones, es una figura lírica. Los corazones de Marcela y Julia son los receptáculos de las terribles incertidumbres a las que se somete y es sometido el narrador protagonista. Casi al final del discurrir narrativo, en un apenas esbozado encuentro amoroso, comencé a desvelar el final de la trama. Es impresionante y árido, como los suelos mendocinos donde a mí me gusta suponer que aparecen los cuerpos de los jóvenes suicidas que lo asaltan en búsqueda de su serie.

“Es viernes. El tercer viernes del mes, pero no importa, ni fijo la atención en ello.

Solo que necesariamente me perturbo porque no encuentro a quien debía esperarme, corta mi trayecto y me atrapa un insistidor, huyo de otro notorio adhesivo, tropiezo con gente cubierta de púas, trepo a un ómnibus que me aleje y es una mortífera caldera o cámara de gas, busco el aire de la plaza y luego el agua fresca de la fuente, pero ahí, desde un banco, me asedian los despojos lamentables de una mujer.

Me enderezo, busco la belleza. Hay, está, circula. Casi abunda. Los cuerpos esbeltos, las cabezas en alto de la juventud, un rostro, unos ojos, los colores que descienden del aire a las personas, una frente adulta, una fina mano en vuelo… surgen, pasan… se pierden el torrente de la fealdad humana.

Hay días así.”

El final del relato es de una lucidez inalterable. Entiendo que los personajes importantes son seis, pero hacia el desenlace solo Marcela y el narrador, que nos hizo entender la superficie de sus tristezas y sus raíces.

Di Benedetto se conmueve con las construcciones y las disposiciones urbanas, tanto las coloniales (como en Zama) como las agobiantes ciudades capitalistas del siglo XX (El Silenciero). No es necesario ver una crítica al sistema económico, de hecho, no la hay. La literatura del mendocino se ocupó de las miserias humanas que construye la moral y las férreas genealogías, los modelos que ya en su tiempo eran obsoletos y hoy lo siguen siendo.

La lectura a Di Benedetto se me antoja más lúcida, urgente y actual que siempre.

Nota:  Federico Menseguez

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