Niños adultos: la sexualización de la infancia

La niñez sin dudas es la etapa más valiosa en la vida de cualquier ser humano, es la que marca y define en gran medida la persona adulta que seremos. ¿Acaso a quien no le gustaría volver, aunque sea por un momento, a esos días en los que las preocupaciones no existían y en lo único que había que pensar era en el próximo juego? Tiempos mágicos en los que una simple frase como ¿vas a salir a jugar? alcanzaba para curar cualquier malestar.

Ser niño, además de una etapa biológica, es la edad de la inocencia,  de los juegos, del amor y de la felicidad; pero también es el periodo de mayor dependencia emocional y afectiva, por lo tanto requiere de mucha contención y cuidados por parte de los adultos responsables y de todo el entorno que lo rodea. Sin embargo, al igual que la realidad que nos asedia, la manera en que se vive la niñez también ha cambiado, incluso el rol del niño ya no es el mismo, y esto también se hace  visible en el ámbito legal. Desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño, en noviembre de 1989, se establecieron las bases de una profunda transformación del lugar reservado a este sector de la población. Los chicos han dejado de ser considerados objetos de tutela para convertirse en sujetos portadores de derechos. En nuestro país, el Congreso de la Nación, ratificó la Convención sobre los Derechos del Niño, el 27 de septiembre de 1990, mediante la ley 23.849 y la Asamblea Constituyente la incorporó al artículo 75 de la Constitución de la Nación Argentina en agosto de 1994. A partir de este compromiso, el gobierno debe realizar los esfuerzos posibles para asegurar que todo niño, niña y adolescente tenga acceso a todos los derechos que figuran en la Convención. En muchos de ellos se hace referencia a cómo los adultos y los gobiernos deberían trabajar en conjunto para lograr el cumplimiento de la Convención.

Sin embargo, a pesar de todos los intentos por conservar la integridad de  los niños existen aspectos  en los que se vuelven difusos los límites y cumplimiento de los mismos, en los que se desligan obligaciones y responsabilidades. Los ejemplos abundan, pero en este artículo se abordará una problemática actual  que tiene que ver con la sexualización o erotización de la infancia.

¿Qué se entiende por sexualización de la infancia?

Para comprender de qué se trata, primero es necesario diferenciarlo del término sexualidad, que es algo natural en la vida de cualquier ser humano. La sexualización debe entenderse como un enfoque instrumental de la persona mediante la percepción de la misma como objeto sexual, siendo valorada en función de su atractivo personal. La sexualización va en contra del desarrollo natural y saludable de la sexualidad.

Tiempo atrás hablar de niños y sexualidad era tema tabú, pero en la actualidad los medios de comunicación abordan de distintas maneras la temática. Incluso los niños son receptores pasivos de gran cantidad de contenidos e imágenes sexualizadas, en apariencia inofensivas. Se ha naturalizado el tema de la sensualidad aún en los detalles más inocentes como es un libro de cuentos o un dibujo animado. Los medios bombardean a nuestros niños con estereotipos de bellezas y éxito, basados en la apariencia, en lo superficial, nuestros pequeños, crecen consumiendo esos falsos valores. Y por supuesto, las mujeres son las que más sufren las imposiciones de belleza, de chiquitas que se les enseña a soñar con ser una princesa, sumisa, en la espera de un príncipe que las rescate y le dé sentido a su vida, tan sólo con su existencia; por supuesto que esa princesa, tiene que ser atractiva a sus ojos y eso sólo se logra siendo delgada, vistiendo a la moda y si es alta, rubia con ojos claro tiene el éxito asegurado. Pequeñas Barbie o princesas frívolas, como las de Disney, que sólo dañan la autoestima de las pequeñas y también las convierte en objeto de deseo. Su aspecto físico sólo busca agradar a los ojos del hombre. Lo que supone también que los varones crezcan buscando esos cánones de belleza e incluso contribuye a un incremento de la violencia contra las mujeres y al refuerzo de actitudes y opiniones sexistas que a la larga, en muchos casos, acaban derivando en discriminación laboral, acoso sexual e infravaloración de sus logros.

Si bien no es algo nuevo esta concepción de belleza y del rol de la mujer, en la actualidad se le ha sumado una nueva connotación que tiene que ver con lo sexy, lo sensual del cuerpo femenino. Y es en este plano donde se inicia un juego perverso, que mezcla la apariencia física de personajes  pensados, en teoría, para niños con características e indicios de contenido sexual propio del mundo de los adultos. Cuerpos femeninos resaltando las partes más erógenas, miradas y poses sugestivas, escenas con doble sentido forman parte de los contenidos audiovisuales que consumen a diario nuestros hijos. Y aunque uno lo intente es muy difícil evitarlos, si hasta en los libros de lectura aparecen, en menor medida, estos parámetros que sólo buscan rendir culto a la imagen para ser aceptado y alcanzar el éxito social, aunque a veces la narrativa simule transmitir todo lo contario.

Lo diferente y lo auténtico son abordados bajo la misma mirada. Para dar cuenta de esto basta con mirar con atención cualquier dibujo animado o película infantil, hasta la inofensiva frutillita y sus amigas, puede verse en una versión renovada en la que lejos quedaron esas niñas de mejillas coloradas y pelos de colores; ahora son unas chicas sexy  de figura delgada, vestidas y maquilladas a la moda, que por supuesto hablan de ser auténticas, generosas y buenas amigas, aceptando las diferencias y particularidades de cada una. A simple vista una serie común y corriente, que busca reflejar la realidad cotidiana de cualquier niño, pero hilando fino contiene un sinfín de estereotipos que han sido naturalizados por gran parte de la sociedad. Es verdad que los contenidos que trasmiten los medios contienen un alto grado de sexualización de la infancia pero lamentablemente no es la única manera, a veces el accionar de los padres contribuye mucho a que esto suceda.

¿Y por casa cómo andamos?

A menudo podemos observar a nuestro alrededor cómo los niños, sobre todos las niñas juegan a ser adultos, hecho que no tiene nada de malo cuando es supervisado por un mayor y queda sólo en eso: en un juego. Sin embargo, la mayoría de las veces son los mismos padres quienes imponen a través de la vestimenta o ciertas responsabilidades una sexualidad adulta a los niños, sobre todo a las niñas, que no están preparados ni emocional, ni psicológica ni físicamente para eso. Algo tan común, incluso placentero para muchos, como es vestir a los hijos pequeños  de la misma manera que los padres, contribuye a la sexualización de la infancia, que por más que parezca inofensivo, no es otra cosa que actuar como adultos, quemar etapas. Por más que sea tierno o gracioso no es natural que una niña use plataformas, maquillaje y ropa sugestiva a esa edad, y por más que a esa niña le guste vestirse así, es necesario replantearse el rol que ocupa cada uno en la relación padre-hijo. Los límites son necesarios para contribuir y forjar identidades sanas, acorde a cada etapa de la vida. Después de todo, los niños sólo tendrían que preocuparse por cosas de su edad, relacionado a los juegos, a los afectos y a los intereses propios de esa etapa. Ningún niño nace consumista o precoz y ninguna publicidad es tan eficaz como para forjar personalidades. Es responsabilidad de los adultos, de nosotros, los padres velar por los derechos de los niños, y en todos los casos ese compromiso siempre comienza por casa.

 

Nota: Romina Bavastro

 

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