La poesía que mira a las montañas

Maximiliano Contreras, así figura en la planilla de la escuela, cuando firma. Todos, o la mayoría, le dicen Maxi. Nació en Tunuyán, provincia de Mendoza.

Lector. Escritor, dramaturgo, investigador, guionista y poeta. Considera que editar no es lo principal para un escritor. Enseña literatura (es profesor) en la escuela secundaria y vive un poco mientras camina por la calle.

La primera aproximación que tuve de la poesía de Maximiliano tuvo lugar en un colectivo. Ambos éramos estudiantes de algo que no nos acordamos. O quizás hoy no queremos hacerlo. Fue así que me asaltó, me descerrajó un tiro entre los ojos. Y desde ese día ya no pude olvidar cada construcción que Maxi hacía y hace. Desde aquel día de primavera entablamos una amistad. Quizás la amistad nos hizo contarnos esas cosas. Él contó que escribía, yo que cantaba, él que contaba, yo que leía.

Es bastante innecesario todo este prolegómeno, mejor leamos un cuento y algunos poemas. Intentaré hacer un comentario crítico.

Al parecer

Me cansé de ir a la universidad. Me cansé, sí, me cansé. Pero como ya quedaban pocos años para recibirme decidí seguir cursando, y mirándole la cara de estropajo a mis compañeros, bestias abominables que están ahí sentados sin decir nada.

Aparte de estudiar me dedicaba a otra cosa. Por eso nunca me importó mucho el estudio. Era solo para complacer a mis padres. Ellos querían que fuera médico. Ellos querían que fuera oncólogo para sanar a la abuela que tiene cáncer, pero ellos no entienden, se va a morir antes de que yo me reciba. No importa. No les importa. Entonces me hacen estudiar igual, en dos años tengo que recibirme y ser especialista en oncología, a la abuela le dijeron que dos años, dos años y medio y se cortaba, se moría, dejaba de hacer los ravioles el domingo. Por eso querían que yo sanara a la abuela, nadie podía cocinar como cocinaba ella, la primera vez que me lo dijeron yo estaba intentando sacar una canción con la guitarra, una canción que escuché en la radio, pero no la volví a escuchar más. Me quedó la melodía en los oídos y pude sacarla, no sé de qué autor era, pero así fue. No hace falta que escuche diez veces algo, con que lo escuche rapidito ya está, puedo sacar cualquier canción. Debe ser por esa inteligencia, ellos querían que fuera médico. “Julián, permiso, quiero que estudies medicina”, me dijo mamá, yo estaba mirando por la ventana y salté, había podido encontrar cada acorde. Era casi invierno, estaba lloviendo. Sí, fue el día que llovía, o sea fue un jueves, siempre llueve los jueves acá. Siempre. La lluvia no quiere llegar otro día que no sea ese. Los viernes queda todavía el cielo nublado, pero se despeja al medio día, y los sábados, como nunca hay sábados sin sol, siempre amanece con los rayos y el color de cada planta brillando en la galería. Mi mamá tiene dos jazmines que florecen poco y la lluvia les encanta, cuando florecen le regalos las flores a la abuela que ahora está intentando respirar y esperando a que yo me reciba para que la cure, para que le dé algún remedio, no quiere otro médico, quiere que yo la atienda, que yo sea quien la cure, que le saque los bichos como se los saco a las vacas cuando se agusanan, y hablándoles los gusanos se caen. Sólo las hago caminar, las hago caminar por la huella del campo y yo voy atrás, les voy hablando; en el rastro van cayendo pedazos de carne podrida, agusanadas y a los tres días ya está sanas, ni siquiera le queda cicatriz. No, ni cicatriz le queda. Me buscan los viejos que tienen vacas, me pasan a buscar temprano en la mañana. Es más fácil que le compren algún aerosol y le echen, pero prefieren llamarme a mí, llamarme a que le saque las dolencias.
Hace como tres meses tocaron la puerta de la casa, la mamá estaba haciendo ravioles – no le salen ricos como los de la abuela-, estaba haciendo ravioles y me llamó, un hombre en una Ford me buscaba, quería que le viera unos animales. Fui, como para tener plata el fin de semana, como para no estar pidiéndole a mi papá, me daba mucho dinero en la semana para poder estudiar. Don Antonio me fue hablando todo el camino, de que tenía varios animales ya casi muertos, un puma los había agarrado y sangraban todos. Las moscas hicieron el festín y pudrieron el cuello de las vacas, y de tres toros. Cuando llegamos, no se aguantaba el olor a podrido. Las hice caminar a todas y yo fui atrás; a los cien metros, más o menos, estaban todas sin gusanos, los toros no pude curarlos y se murieron, se murieron debajo de un algarrobo. Ahora en el campo a ese lugar le llaman los tres toros. Las vacas estaban sanas. Con la herida abierta nada más. A los tres días, me llamó don Antonio y me dijo, muchas gracias, que pasaría a dejarme el cheque, mil quinientos pesos, eso es lo que todos cobran. No era mucho, pero me alcanzaba como para comprarme dos pantalones que he visto hace algunos días, como voy y vengo de la ciudad de Mendoza a mi casa, allá si hay tiendas para comprar barato, siempre busco lo barato, la plata no alcanza, no se puede descuidar uno que se te sale de los bolsillos y no se sabe dónde se queda, es como si se escondiera, y nunca más apareciera.
Me daban tres mil quinientos pesos mensuales, más no se podía. La universidad me costaba cuatro mil a la semana, más que nada por la cantidad de fotocopias para sacar. Me quedaba por muchos meses en el departamento de estudiante, era un monoambiente. Otra cosa no pude tener, pero me bastaba para estudiar. Varias materias no las cursé y las rendí libre. Yo me pasaba las noches con amigos jugando a la play. Estábamos hasta la madrugada ellos se iban a cursar y yo dormía. Cuando me aburría de más, asistía a clases, la vida de la universidad me gustaba. Me entretenía. En el verano juntaba plata curando algunos animales cerca de mi casa y eso me bastaba como para mantenerme todo el año de estudiante. Comía poco. Tomaba poco. Pero salía mucho por las calles.

Mi mejor amigo era abogado. Y me esperaba todas las mañanas en el café para desayunar.
– Me falta poco, ya casi, che con dos materias soy médico.
– Pero no sé si vas a llegar a especializarte para sanar a tu abuela.
– Bueno, mirá, si no se sana que no se sane, yo no puedo más ya.
– Si boludo, mejor tomate las cosas con calma.

Todos los días, todos los días desayunaba con él. Hasta que murió y la verdad no se sabe bien el por qué, solo que el acta de defunción decía paro cardiorespiratorio. En realidad, cuando no se sabe bien la causa de una muerte, se pone eso como para dejar tranquilo a algún familiar o algo por el estilo.

Vos sabes que a mí nunca me simpatizó, nunca. Nunca. Porque se la daba de que era inteligente -en realidad lo era- yo lo he visto rendir así no más, en un segundo hacía las respuestas, todo lo sabía, no sé de dónde mierda. Después molestaba. Era re hincha huevos, se sacaba los mocos y te los pegaba en la espalada. Aprobaba. Todo lo aprobaba. Pero no se recibió, al menos en esa universidad. No lo vi más. Dicen que se dedicó a otra cosa, dicen que se dedicó a trabajar de empleado porque era ya demasiada la inteligencia que no podía contenerse. Lo vi hará unos pocos días, de lejos, no lo quise saludar, nunca nos quisimos. Nunca nos saludamos en la universidad. Lo conocía por lo que decían los demás. Y cursamos unas materias juntos, él no asistía mucho a clases, pero sí tuve la posibilidad de verlo. Por eso sé cómo es. Sé que hay algo que cierra. Sé que no es muy normal. Todos decían que estudiaba medicina para sanar a la abuela que está enferma de cáncer y esperan que se reciba para que la sane.

Cura animales, les saca los gusanos, pero no creo que pueda con su abuela, la abuela no tiene gusanos. Los cura a palabras y desde la distancia, si bien es más certero estando cerca y siguiéndole el rastro a las vacas, desde un lugar a otro también la cura.

– Ya te vas-le dijeron cuando apenas había llegado al velorio, y se había tomado dos cafés y se robó dos tazas en el saco.
– Me tengo que ir porque tengo mucho trabajo atrasado. Tengo que cumplir.
-Bueno, dale.
Se acostó temprano esa noche, es decir, tipo doce de la noche, no hubo juego de play, por la muerte de su amigo. Pero al otro día estaba desayunando con el doctor, y hablaron largo rato, no era muy cómodo el cajón y se aburrió de estar con los ojos cerrados en la sala velatoria, entonces se levantó y se fue a su casa.
Le quedaban dos materias, pero la abuela ya estaba a punto de morirse, y se moría para siempre, ahí lo llevaron los padres a que le pusiera morfina y le recetara algo, no podía, no tenía matrícula. Salió corriendo cuando pudo.
Mientras tanto la abuela dejaba de respirar y sus padres se miraron como queriéndolo sacar de un cajón de muertos…

 

 

El cuento de Maximiliano remite a su terruño, a sus amigos, a la vida que cualquier joven puede encontrar al pie de la Cordillera de Los Andes. Mi provincia te obliga, en muchos casos, a despegarte de los afectos pueblerinos en búsqueda de algo que no sabés. La ciudad te atormenta centímetro a centímetro, y las probabilidades de encontrar a personas en igual situación son latentes. Y allí se cuela y respira la literatura del Maxi, en las angustias que se producen en la incertidumbre. En los mandatos.

 

 

fobia

Le tengo miedo a los ambientes cerrados

a las paredes grises y las veredas rotas

a cruzar la calle para comprar en el quiosco

a los relojes de arena, a las palomas mensajeras

es como una fobia a las arañas

a las mujeres desnudas

a bañarme sin cerrar los ojos

miedo a los velorios sin gente

al café medio oscuro

a la mariposa

es como una tormenta de piedra

como nubes sin asombro

miedo como un gatito

que se trepa por la cortina y araña

a las moscas que no lo dejan tranquilo…

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tiembla el esqueleto del sauce

que de a poco se va a ir quedando

solo con algunas ramas

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Se murieron las hormigas por el veneno

les eché veneno ayer, como a las 5 de la tarde

5 y 5 (creo que eran) para ser exacto

realmente se subían por las paredes y siempre

me picaban los dedos del pie

me picaron el mismo dedo que me reventé con la mesita de luz

anoche cuando fui al baño

y estaba la casa oscura

los lentes arriba de la mesa

y todavía quedaba el televisor prendido

me acosté de nuevo

y sentí como temblaron los huesos…

 

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si el perro

en vez de ladrar

te largara un cacareo

como una gallina ponedora

como una gallina

ya sin nido,

si en vez de elegir la sombra

se acostará panza arriba en el rayo del sol

y no te come más el alimento

ahora come bichos con la lengua

y atrapa hormigas

para meterlas al agua

y mirarlas como se ahogan

si tu perro te mira con ganas de nada

encerrado en el patio

cercado por alambres

si en la noche se desparrama

arriba de su cuerpo

y mira las estrellas

contando sus miedos

y busca

pero no encuentra

le tiembla el esqueleto

y se le salen los ojos,

viendo pasar el mundo…

 

En los poemas se nota clara y límpidamente la pertenencia al paisaje por momentos gauchesco del interior provincial, una poesía gauchesca del siglo XXI, donde el poeta ya no canta sobre las pampas interminables, sino sobre las horas interminables.

Es impresionante la cotidianidad universal que logra Maximiliano en sus versos, logrando imágenes de movimiento, sensoriales se les dice en Teoría Literaria. En eso está la poesía del Valle de Uco, con este tenor nuestros escritores legitiman la pertenencia. Quizás soy poco objetivo ya que conozco demasiado al aludido.

Nota: Federico Menseguez

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