La ambigüedad del feminismo contemporáneo

Desde que nacemos, las mujeres estamos rodeadas de hechos violentos, mandatos patriarcados, estereotipos, cosificación sexual y demás desigualdades sociales que percuten, de un modo u otro, en todos los aspectos de la vida.
Ser mujer hoy, implica tanta facetas que hasta resulta difícil enumerarlas, pero que mayormente coincide con mandatos ya establecidos como ser esposa, madre, ama de casa, amante, una especie de sirvienta cama incluida, sin sueldo por supuesto, y para aquellas más osadas se le suma estudio, trabajo, desarrollo profesional y éxito económicos. Nuevos estereotipos consumistas camuflados de libertad e igualdad. Aquel feminismo que surgió como un movimiento transformador, de lucha para resistir y modificar la “imposición” de roles de género asignados por un sistema patriarcal, que contemplaba también el derecho a apropiarse de “posiciones” habitualmente designadas a los hombres, se ha ido reinventando de acuerdo a la época.
Sin embargo en la actualidad, pareciera ser, que el feminismo cayó en las redes de la moda, del consumismo e incluso del sistema patriarcal que tanto se repudia. Hoy cualquier chica que decide no tener hijos se siente más feminista que otra, pero al mismo tiempo se la pasa en el gimnasio, de dieta en dieta, vestida a la moda para agradarle a la mirada masculina y si acaso trabaja es para sostener la vida estilo Barbie que lleva. O bien podemos encontrar esas Feministas con mayúsculas, que de tanto odiar al hombre y trabajar duro para romper esquemas impuestos termina ocupando un rol exclusivamente masculino, sin respetar las particularidades propias de la mujer. Y también están esas mujeres a las que poco les interesa la lucha, ya que se sienten muy cómodas en su casa, criando hijos, mirando las novelas y sirviendo al marido como Dios manda, sin otra preocupación que la de la casa, ya que el hombre todo poderoso es el responsable de ser el sostén económico. Existen tantas formas de ser mujer como prejuicios en el mundo.
Un aporte interesante para comprender mejor esta disyuntiva del feminismo contemporáneo es el de la filósofa y activista Nina Power en su libro “La mujer unidimensional”.
La mujer unidimensional

“La mujer unidimensional” es un análisis del feminismo contemporáneo y de la forma en que se ha ido reinventando a partir de los cambios específicos en el trabajo, el consumo, el deseo y la manera en que se visualiza en los medios de comunicación. También se refiere a las presiones a las que nos vemos sometidas para ser madres, parejas de, profesionales, exitosas, bellas o a la moda. Además hace referencia a cómo el capitalismo absorbió slogans feministas y la ambigüedad en los referentes políticos femeninos del primer mundo. Para Nina Power, no se trata sólo de un feminismo retorcido ni de una falta de comprensión de las demandas centrales del movimiento, sino más bien la instrumentalización capitalista efectiva de casi todo lo que el movimiento de mujeres ha resistido: el deseo femenino estructurado a través del deseo patriarcal sobre sus cuerpos, la belleza como eje de la figuración social y política, la pareja heterosexual como modelo privilegiado de organización social, la violencia de la autonomía reproductiva y sexual a través del daño a los derechos que la garantizan. Para la autora, el balance insatisfactorio de un posible equilibrio entre vida y trabajo, y el más puro descontento con la maternidad atestiguan las insuficiencias de un sistema capitalista que no sería “el mejor amigo de las chicas”.
En su libro también cuestiona al feminismo optimista, que encuentra en aquellas conquistas simétricas el acceso al infinito mundo de los bienes de consumo, en la que la mujer se convierte en mercancía patriarcal, una mujer que se ofrece, y se encuentra en perpetua disponibilidad laboral y sexual; absorbida en la satisfacción capitalista de su propio deseo. Esta simetría entre autonomía femenina y capacidad de auto-consumo define, para Power, las coordenadas actuales de aquel feminismo satisfecho, un feminismo consumista que ha sido muy útil para la economía, para construir un prototipo de mujer trabajadora que parece ser el podio de la libertad y representar el fin del feminismo. ¡Ya está: ahora pueden trabajar y consumir a la par de los demás! ¿Qué más quieren? Ironiza la autora. Sin embargo, lo que queda escondido detrás de esta conquista laboral son detalles como la violencia machista, los derechos reproductivos, la feminización de la pobreza y la brecha salarial.
Sin dudas, que la lucha feminista aún continúa, pero no como una forma de sustituir un modelo por otro, o como una disputa entre nosotras mismas por pensar o elegir modos diferentes de ser mujer. Después de todo, la lucha se lleva a diario en el trabajo, en la casa, con los hijos y también con el compañero de vida, porque ser feminista no implica odiar al hombre. Ser feminista es pelear por nuestros derechos, es batallar contra esos monstruos que nos matan día a día, pero también es aceptar y respetar que aquellas que piensen distinto no son enemigas, ni las convierte en más o menos mujer, simplemente somos diferentes.

Nota: Romina Babastro

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