El universo surrealista de Celeste

La artista tuvo que librar su propia batalla. Compartió trincheras con el enemigo, a quién reconoció mientras espiaba por los espejos. Pero hoy, en medio de pinceles, lápices y hojas con líneas que se bifurcan, puede relatar cada tramo de esa guerra interna y resumirla en una sola frase: “El arte es algo que lo amas, lo odias, lo escupís y lo aceptas”.

“Nací para el arte”, dice Celeste Amaya en el living de su casa, mientras se apresura a mostrarnos algunos trabajos, los mismos que por la noche la desvelan.

-¿Cómo te iniciaste en el arte?

-En el arte comencé desde muy chica. Lo que más me entusiasmaba eran las artesanías, los dibujos y pintar. Creo que el haber ingresado en el colegio Bellas Artes marcó un punto de giro. Desde ese momento no paré. Conocí lo que tenía que conocer para darme cuenta por donde quería llevar mi camino.

-¿Siempre pensaste vivir del arte?

-No, nunca lo planifiqué. Nunca me imaginé hasta que empezó una lucha interna en mí. Hay muy poca gente que se anima a vivir de lo que realmente le gusta. En esa lucha interna que se desata, a veces uno gana y a veces pierde.

Cuando terminé la secundaria me anoté en ingeniería Industrial, una carrera que nada tiene que ver con el arte. Iba a la clases me sentaba frente al pizarrón y sentía que eso no era lo mío.

-¿Cuál es ese miedo que te paralizó?

-El miedo que me paralizó es la mirada que tiene la gente de los artistas, que es muy prejuiciosa.  A un artista le duele mucho, porque en el momento de debatir, estás con el miedo de pensar que a la gente no le va a gustar.  El temor que siempre tenés es decepcionar a los demás.

El miedo que me paralizó es la mirada que tiene la gente de los artistas,confiesa Celeste.
El miedo que me paralizó es la mirada que tiene la gente de los artistas,confiesa Celeste.

-¿Siempre mostraste tus dibujos?

-No siempre los mostré, es más, la primera exposición la hice de grande. Antes no mostraba nada, tenía inseguridad.

Yo dibujaba y no me gustaba que hubiera gente a mí alrededor. Tenía delimitado mi espacio y solo podía dibujar con gente que conociera. Es un proceso, cuando la cabeza ya lo acepta, decís el arte es así: te gusta no te gusta, lo amás, lo odias, lo escupís.

 Para mostrar, lo que me hizo un clic fue asumir que yo era una artista que no podía hacer algo mejor que pintar y que dibujar. Demostré a la gente lo que hacía. El artista crece con la crítica de los demás, porque si uno se cierra no crece.

-¿Cómo es la mirada del otro?

-Es muy esperada la devolución de la gente. Me gusta cuando ven un cuadro mío y le inspira algo o le hace acordar a tal momento de su vida. Y vas encontrándole un gustito especial a la crítica o la aceptación… Porque yo creo que de la crítica constructiva uno va creciendo.

-¿Cómo definirías tu arte?

-El arte tiene eso de que no tiene una definición. No es que necesita dibujar bien. El artista tiene que ir enriqueciéndose por que observar el revés de las cosas. Su ojo llega a lugares que el común de las personas no llega.

No siempre tuve en claro mi estilo por el hecho de que a la gente le choca mucho ese tipo de pintura. Por ahí acá estamos muy acostumbrados a lo tradicional. Por ahí en mi estilo van a encontrar de todo eso. A veces me dicen: porque no le hiciste la cabeza.

-¿Qué es el surrealismo para vos?

-Es un estilo en el que uno puede mezclar cosas y llegar a cuestionar ciertos temas, por ejemplo metés a la iglesia con un casino.

A mí, en particular, me inspiran los recuerdos de la casa de mi abuelo que siempre se cuelan en mis trabajos. También me gusta pintar la figura humana, me gusta combinar el realismo con el surrealismo.

-¿Cómo es tu ritual para pintar?

-Pinto de noche, cuando todos duermen y con una música de fondo. Todo tiene que encajar para que uno encuentre ese momento propicio para ponerse a pintar.

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