El rock nacional emerge en sus manos

Durante la entrevista nos imaginábamos a Martín Barroso con el pelo largo y sus rulos, y el porqué, algunos se empecinaban en compararlo con Fito Páez, como el día que se presentó en un concurso de talentos y uno de los jurados no paraba en cotejarlo con el músico rosarino. “Si vos me escuchás lo vas a escuchar a Fito y a un montón más, pero sobre todo me vas a escuchar a mí, vas a escuchar rock nacional”. Martín asegura que el poder pararse frente al escenario y ser él mismo es un proceso de búsqueda y crecimiento artístico. Martín es ese muchacho que llegó a San Luis con una mochila cargada de letras y melodías. A los pocos días ya estaba tocando en La Manija de Don Níspero y giraba con su instrumento al hombro recorriendo los bares.

Las melodías son agudas, cada vez más intensas y penetrantes. Las risas se entremezclan con los gritos. Un grupito, que está próximo al escenario, se contornea ofreciendo un par de botellas de cerveza a los músicos.

Eloísa llegó temprano al bar, apuró el trago y repasó en su mente una a una las palabras que le vomitaría a Gerardo. A Gerardo, la noche le era indiferente, había pasado todo un fin de semana en cama con gripe. Aprovechó ese tiempo para escribir, leer y armar algo, sabía que se tenía que encontrar con Eloísa. Tenía que estudiar minuciosamente su estrategia, su discurso. Todo aquello lo acosaba tanto, que le agradecía a aquella peste los estragos que había hecho en su cuerpo. En la mesita del bar, no cabían más botellas de alcohol. Tampoco en la cara de Eloísa cabían más silencios.

Esas imágenes, son las que a menudo golpean y alimentan la imaginación de Martín. “Mi música son canciones que cuentan historias-, dice el músico, mientras mira fijo un punto a la derecha de la cámara-. Quizás no sea un poeta, no tengo una lírica desarrollada como un poeta, yo escribo paisajes. Historias que me pasan, que veo y libros que leo. Todo el tiempo estoy en un estado de composición, lo que cambia es la locación. Quizás como estoy mucho en los bares escribo de situaciones que mientras estoy cantando veo que suceden abajo del escenario, y eso me da pie para escribir. Como tengo memoria de elefante puedo hacer fotografías de las situaciones”.

Quizás Eloísa y Gerardo tan inmersos en su mundo, nunca se percataron de la mirada que venía de arriba del escenario, del músico que transformaba la historia en una canción, mientras los dejaba plasmados en su retina. Tal vez ese momento nunca muera. Alguien dijo que de eso se trate la eternidad, encender el recuerdo en el otro.

“Tengo muchas canciones, cada vez que cambio de espacio algo sucede. Al lugar que viaje, a donde me mueva siempre surge una canción”, dice Martín, y de fondo el Big Ben y las torres de New York cubren la pared. Estamos en la planta alta de un bar que mira a la peatonal.

Martín asegura que siempre tuvo facilidad para integrarse a las bandas.
Martín asegura que siempre tuvo facilidad para integrarse a las bandas.

-¿Cómo hacés a la hora de componer?

Usualmente compongo en casa. No puedo trabajar la letra y la música por separado. Cuando viene la idea viene la letra y la música toda junta. Es medio caótico eso, porque no tengo un método para componer. Es como si la letra y la música estuvieran en el aire y se da una conexión astral, que hace que eso baje a mi alma y se transforme en una canción.

¿Cómo se dio ese proceso de escribir?

La primera canción que escribí se la escribí a una novia que tenía. Al principio le pedía a un amigo que me escribiera las canciones, y después con el tiempo, me di cuenta que era como una sombra que me ponía. Porque me empezaban a pasar cosas y tenía ganas de volcarlas en el papel. Y un día se dio, empecé a escribir así de la nada y a tener mi estilo propio.

– Y tu relación con la música ¿Cómo se gestó?

Empecé a los siete años a tocar. Un día mi papá, que es un pianista jazzero conocido en el ambiente, lavaba el auto en la puerta de casa, y yo aproveché ese momento, me fui a la pieza donde tenían el órgano, un doble teclado con pedalera, de esos de la década del ochenta que eran de madera. Y comencé a tocar la letra de una canción de jazz que estaba sobre el instrumento.  A partir de ahí nunca más paré.

La música me ha llevado a lugares impensados. Yo a través de mi instrumento viajé a sitios que nunca pensé que iba a estar. Toqué en estadios para 7 mil personas, en un teatro en Rosario que es muy lindo, en Broadway, en el Luna Park, en el Maipo, en el Opera. Son teatros que uno los veía por videos y añoraba estar ahí. Y de repente sos parte de eso. También está bueno tocar para pocas personas en un barcito y que te gratifiquen.

La historia arriba de un escenario

Desde los 7 a los 19 años me desarrollé como instrumentista y trabajé con muchas bandas.

La mejor experiencia que tuve fue trabajar con el artista español, Javier García. Fui parte de su plantel de músicos. Hicimos una gira interesante que comenzó acá en la Argentina, después llegó a Uruguay y terminamos tocando en varios pueblitos de España. Lugares impensados. No tenía la experiencia de cantautor, porque pude haber hecho algún barcito, pero bueno, esa es una asignatura pendiente: volver a Europa y tocar mis temas.

En el año 1991 conocí a Ariel Leiva en un pueblito que se llama Coronel Bransen , él se presentaba a tocar con su banda Zona Púrpura. Nos pusimos a charlar y de inmediato nos hicimos amigos. A partir de ese momento se me abrió la posibilidad de conocer a músicos de Buenos Aires y entrar en un círculo.

Ariel fue el que me influenció para que yo empiece a escribir mis canciones. Él es un gran lirico, está a la altura de maestros como Luis Alberto Spinetta, Fito Páez y Charly García.

Cada uno de los artistas que yo conocí me dio algo que me ayudó en mi carrera. Alejo Gandini me dio la parte rockera que yo no tenía. Me formó en lo que soy. Fui parte de su banda Tabaquito Marroquí.

El año pasado vino el pianista Mario Parmisano, a quien tuve la posibilidad de verlo grabar, en el estudio donde realizó Charly García su disco “Yendo de la cama al living”. Gracias a él me pude sentar en La Casa de la Música y grabar con un piano cuarto de cola para el disco de la Manija de Don Níspero, banda de la que soy parte.

También grabé el disco “San Luis le canta al carnaval”, en ese material pude poner los rohedes del tema principal que es un baión brasilero. Ahí le agradecí a mi amigo Alejo Calco, uno de los primeros pianistas de Salinas, y que tiene una de las mejores bandas de Buenos Aires La Brasil.

La Manija de Don Níspero.
La Manija de Don Níspero.

-¿Cómo llegaste a San Luis?

Vine a visitar un amigo, él siempre me hablaba de La Punta, el lugar donde estaba viviendo. Cuando llegué lo que me llamó la atención fueron sus estructuras, El Cabildo y el estadio gigante en el medio de la nada.

A penas puse un pie en San Luis comencé a recorrer los bares para ver donde podía tocar. Empecé a conocer a los músicos locales y me relacioné de manera inmediata. Siempre tuve facilidad para incorporarme en una banda.

Y así fue como entré a tocar en la Manija de Don Níspero. Yo le puse el color de las teclas, La Manija era una banda latín reggae pero le faltaban las teclas, y las teclas le dieron un color distinto a la banda que la identificó en otro lugar.

Primero grabamos un disco independiente, y después, Gustavo Resa (líder y voz) se anotó en la Fiesta de la Música. Nosotros ganamos la primera edición.

El sábado 20 de junio en Panacea La Manija de Don Níspero presenta su primer disco La Naranja.

Martín es un hombre multifacético, porque además de tocar con La Manija de Don Níspero, por cuanto escenario se le cruza, agarra su instrumento y sale a cantar sus canciones, fundidas en el calor del rock nacional. Para este año tiene pensado grabar su disco solista. “Con Poley Records sería la parte virtual y con la Warner el soporte físico”, aclara.

Pero parece que tocar casi todas las noches, algunas con su banda, otras como solista,  no es suficiente para este espíritu inquieto. Por eso durante la semana dicta talleres de piano y canto en La Casa de Las Culturas.

“Doy un taller de música, no de un lugar catedrático, sino utilizando el instrumento como una plataforma gráfica. Utilizo las imágenes y la percepción para que empiecen a tocar. En el taller de canto, por ejemplo, desde la clase primera te hago cantar. Te escucho el timbre y vamos a cantar. Yo me centro en la respiración y en las técnicas vocales. La voz es un instrumento si nos diéramos cuenta de eso”, agrega Martín para cerrar la entrevista.

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