Crónicas un poco breves desde las calles

 

Martes

Es martes, son las 13:25 horas y espero sobre la ruta “el colectivo de la una y media”. Hoy trabajo a 14 kilómetro de mi casa en la casa de un adolescente con discapacidad. Soy docente de Escuela Domiciliaria: la escuela envía a los profesores a la casa de los alumnos que, por alguna dolencia (permanente o pasajera) no puede asistir a clases con los otros chicos.

Mientras espero y escucho música con mis auriculares noto la presencia de una mujer muy joven, quizás de diecinueve o veinte años. Se acerca a mí porque al parecer descubre que espero lo mismo que ella, aunque yo solo con mi mochila. En sus brazos carga una manta celeste con figuras que envuelve a una niña (a eso lo averiguo después) y también dos bolsas plásticas con mercadería: una con pañales y otra con huesos es lo que distingo.

Al quitarme los auriculares escucho una pregunta… en realidad no las escucho debido al tránsito de camiones y autos. Le pregunto nuevamente dándole a entender que me lo diga más fuerte.

  • ¿Qué colectivo tomo para ir al gaucho?

Se refiere a una estatua de metal muy famosa ubicada, en una rotonda, a unos 3 kilómetros desde el lugar en que nos encontramos.

  • Tenés que tomar el que estoy esperando yo, que ya está por pasar, y te bajás en la rotonda.

Eso le digo y percibo cierta frustración. Es entonces cuando me cuenta sobre su desconocimiento no soy de aquí, hace menos de una semana estoy viviendo el barrio del gaucho. Pasa que tomé el colectivo anterior y le dije sobre bajarme en una guitarra al chofer. Eso me dijo mi marido.

El lugar donde se desarrolla nuestro diálogo es conocido como La guitarra porque alguna vez recibía a los viajeros una figura de flores que representaba al instrumento cuyano por excelencia. Al parecer la joven tenía asociado al gaucho de metal de la rotonda (personaje que efectivamente tiene una guitarra en sus manos) con la guitarra de flores. Compruebo que definitivamente hace muy poco vive en la zona, pero me digo en pensamientos a quién se le ocurre construir un gaucho gigante y una guitarra también gigante y ubicarlos tan cercanos entre sí. Es normal la confusión.

  • ¿De dónde sos?
  • Soy de Bolivia

Su pronunciación del castellano es dificultosa y entiendo que su lengua materna debe ser una variante de los dialectos quichuas. Es muy difícil aprender y adoptar una lengua extranjera que funcione como herramienta de comunicación fuera de los ámbitos de acompañamiento, o sea, las escuelas (eso pienso).

Aparece el colectivo en la ruta, le hago una seña para que se detenga y luego le ayudo a mi ocasional compañera a subir sus bolsas e intervengo ante el chofer para aclararle hasta donde viaja la joven. Ya sentado y en viaje solo puedo pensar y repensar eso que hasta hace momentos entendía como discapacidad.

Viernes

Salgo de trabajar a las 11:10 y camino rápidamente hacia el Banco, tengo que pagar $650 pesos en efectivo y necesito los billetes. Realmente me causa malestar (en incluso angustia) ir a formar fila para sacar dinero (por contrario digo que no me desagrada hacer fila para un recital, supongamos) porque es en esas ocasiones en las cuales las personas muestran su peor cara.

La cola es de unas 35 o quizás 40 personas en la primera sucursal y voy a la siguiente, también allí son más de treinta. No hay otra opción, me formo y espero en el lugar más predilecto para el sol del mediodía.

Con el correr de los minutos, y avanzando espacios cual juego de mesa con humanos, noto la presencia de un hombre con mucha inquietud delante mío, en realidad nos distancian cuatro personas. Su aspecto (visto de espaldas) no hace suponer nada, pero es evidente su nerviosismo. Pasa el tiempo y apago la radio del teléfono para escuchar con claridad los sonidos del ambiente.

No hay conversaciones, pero sí comentarios, saludos de los caminantes con los formantes, ruidos de motores. Un mediodía normal. La curva de gente hace un codo y entonces distingo en el hombre inquieto sus rasgos, lo que me lleva a pensar que padece algún tipo de discapacidad cognitiva y motriz (muchas veces es el prejuicio el que nos dicta sentencias y podría estar siendo víctima de ello). Observo con atención y ahora estoy un poco más seguro: definitivamente el muchacho, y lo digo porque al verlo compruebo su juventud, sufre ciertas discapacidades.

Es el momento de ingresar a los cajeros y nadie en 25 minutos le cedió al joven su lugar, un poco los dictan las reglas de las instituciones, otro poco las normas del sentido común. Nadie notó su discapacidad, pienso. Inevitablemente caigo en la frase común, la de la publicidad: estamos ciegos del corazón. Bueno, un poco ridículo.

Soy el único atento a la situación. Cuando entra aquel hombre al cajero, veo que se queda impávido ante la pantalla; ¿por qué nadie lo acompañó? Pienso. Pasan por su lado y me llega el turno, lo veo mirando desconcertado y esperando alguna ayuda, claramente no sabe el proceder. En mi terrible desidia lo miro y no hago nada, ni siquiera puedo.

Al terminar mi operación, un hombre enojado y casi gritando se acerca. Lo increpa y le quita la tarjeta. Supuestamente está ahí para ayudarlo. Prácticamente me fugo del lugar con una sensación de tristeza, pensando en la discapacidad de los discapacitados, en la discapacidad de los que no lo son y en la disfuncionalidad de las ciudades en que vivimos.

Nota: Federico Menseguez.

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